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samiljang (삼일장)

PalabraRito de pasoFuneralLo esencial

Un funeral coreano que dura tres días, con una sala de velorio abierta para recibir a quienes llegan a dar el pésame. La forma coreana de hacer el duelo, esa idea de no dejar a nadie solo con su pérdida, cabe entera en esos tres días.

Hoy en Corea, cuando alguien muere, casi siempre lo llevan a la sala funeraria de un hospital. El primer día se arma el binso, la sala del velorio; el segundo es el ipgwan, cuando se coloca el cuerpo en el ataúd; y en la mañana del tercero llega el balin, la partida. Como el día de la muerte cuenta como el primero, en realidad son poco más de dos días completos. Un director funerario organiza todo y le da a la familia un catálogo para elegir ataúd, mortaja y hasta el marco del retrato, así que se dice que lo único que la familia tiene que llevar es una foto. Aun así, quien más trabaja es el sangju, el doliente principal. Vestido de negro con un brazalete, recibiendo gente tres días seguidos, casi no le queda tiempo ni para llorar ni para dormir.

Dar el pésame tiene su guion. Vas de negro, te quitas el abrigo, haces una leve reverencia al doliente principal y luego enciendes incienso o dejas un crisantemo blanco frente al retrato. Si la sala es de piso, haces dos reverencias al retrato, retrocedes y compartes una reverencia con el doliente. Los protestantes, o cualquiera en una sala de pie, guardan un minuto de silencio en su lugar. Corea es un país de creencias mezcladas, así que ver a alguien inclinarse junto a alguien que reza es de lo más normal. El dinero de condolencia en un sobre blanco es la otra mitad de la cultura del chuguigeum.

Lo que más sorprende a los extranjeros viene después: tras dar el pésame, te sientas a comer lo que la familia preparó. Un tazón de gukbap, algo de alcohol, y si la persona vivió muchos años, a veces se deja el ambiente un poco más ligero a propósito. Antes hasta se armaban partidas de hwatu en una esquina. Eso sí, en un velorio jamás se brinda chocando vasos. Desde fuera puede parecer un caos, pero se explica como la manera de acompañar para que la familia nunca pase la noche sola. Es donde el jeong coreano se ve con más claridad, y donde el han acumulado por fin se desborda. El momento del ataúd y la despedida en el crematorio son los de más llanto en los tres días.

El vínculo no termina con el funeral. Cada año se honra al difunto de nuevo con el jesa. Hoy nueve de cada diez personas son cremadas, y cada vez más gente pide que la vistan con su ropa favorita en lugar de la mortaja de cáñamo. Si ves Exhuma, una película que arranca con el traslado de la tumba de un ancestro, entiendes lo pesado que siguen siendo en Corea la muerte y el lugar donde uno descansa.