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Burning

Título2018CineMisterioClase social

Clase, envidia y un misterio que nunca se resuelve, a partir de un cuento de Haruki Murakami. La peli de 2018 que rompió récords con la crítica en Cannes, se fue sin premio principal y justo por eso se volvió leyenda.

Fue el regreso de Lee Chang-dong después de ocho años. Jong-su, aspirante a escritor que sobrevive con trabajos de repartidor, se reencuentra por casualidad con Hae-mi, una chica de su barrio de infancia, y le cuida el gato mientras ella viaja a África. Ella vuelve con Ben, un tipo imposible de descifrar: maneja un Porsche, vive en un depa elegante en Gangnam y nadie sabe bien a qué se dedica. Una tarde, en la casa de campo de Jong-su en Paju, Ben le confiesa un hobby rarísimo: de vez en cuando quema invernaderos. Poco después, Hae-mi desaparece.

Yoo Ah-in es Jong-su, Steven Yeun es Ben y la debutante Jeon Jong-seo es Hae-mi. Lee pensó que Yoo, famoso por papeles intensos, iba a funcionar justamente como un chico que no deja ver nada, así que fue en persona a su galería de arte a ofrecerle el papel. Yoo aceptó sin guion, solo por el nombre del director. El giro divertido: en Veteran era el heredero psicópata de un chaebol, y acá es el flaco al que un rico le juega la mente. Steven Yeun fue el último en llegar, recomendado por la coguionista después de verlo en The Walking Dead, y cuenta que se enteró cuando Bong Joon-ho lo llamó para decirle que el director Lee lo estaba buscando. Jeon Jong-seo consiguió el papel en su primera audición, menos de tres días después de firmar con una agencia.

La base es Quemar graneros de Murakami, pero solo queda la premisa. Lee le mezcló la rabia del cuento Barn Burning de William Faulkner, y de ahí sale el título. Él la describió como la historia de un joven Faulkner viviendo en el mundo de Murakami. El primer borrador se llamaba, literal, Proyecto Ira. Esa furia difusa de la juventud y la brecha entre los que tienen y los que no son el esqueleto de la peli, y en Corea se leyó directo con la idea de cuchara de oro contra cuchara de tierra y la vida a punta de trabajos de medio tiempo.

En Cannes 2018 fue una locura. En la tabla de críticos de Screen Daily sacó 3,8 sobre 4, el puntaje más alto de su historia, y se hablaba de Palma de Oro. El jurado principal no le dio nada. Sí ganó el premio FIPRESCI de la crítica, y el director de arte Shin Jeom-hui se llevó el premio Vulcain. Lee contó medio en broma que tanto amor le dio mala espina. Después fue la primera película coreana en entrar a la lista corta del Óscar a película extranjera, se quedó fuera de las nominaciones finales y terminó en muchas listas de ninguneos del Óscar. Como consuelo, los críticos de Los Ángeles y Toronto le dieron mejor película extranjera, y Steven Yeun encabezó la encuesta de críticos de IndieWire como actor de reparto. Barack Obama la metió entre sus favoritas de 2018 y The Playlist la eligió la mejor película de la década de 2010. En casa ganó Mejor Película en los premios Grand Bell.

En taquilla coreana fue discreta, unas 530 mil entradas, y el público quedó dividido. La peli no explica nada. Va soltando símbolos, un invernadero, un pozo, un gato que quizá ni existe, la torre de Namsan, una pantomima, y te deja las respuestas a ti. La frase de Hae-mi sobre la mandarina imaginaria, no pienses que está ahí, solo olvida que no está, es básicamente el manual de uso. Su silueta bailando al atardecer en los campos de Paju con música de Miles Davis es una de las escenas más comentadas del cine coreano.

La fotografía es de Hong Kyung-pyo, el mismo de The Wailing, así que siempre las comparan, y Na Hong-jin hasta moderó una charla con Lee. Los espacios de Jong-su y Hae-mi usan luz natural y los de Ben luz artificial, para que la clase se note en la temperatura de la imagen. Fue la primera peli de Lee en digital, y al compositor Mowg le pidió algo que no fuera ni música ni sonido. La escena final se grabó el último día de rodaje y, justo cuando arrancó la cámara, empezó a nevar de verdad.