saneop jaehae (산업재해)
Lesionarse, enfermarse o morir por el trabajo. En Corea lo abrevian como 'sanjae', y el país figura entre las economías desarrolladas donde más gente muere trabajando.
Los números hablan solos. Cada año mueren en Corea alrededor de 2.000 personas por accidentes o enfermedades laborales, y casi el 95% son hombres. En 2017 hubo 3,61 muertes por accidente por cada 100.000 trabajadores, por encima del promedio de la OCDE de 2,43 y el quinto más alto entre sus miembros. Lo más peligroso son las obras de construcción y las fábricas: caídas, gente atrapada en máquinas, aplastamientos. Por eso 'accidente de atrapamiento' es una expresión que aparece demasiado en las noticias coreanas.
Hay nombres que Corea no olvida. En 1988, Moon Song-myeon, de 17 años, murió por intoxicación con mercurio tras trabajar en una fábrica de termómetros. Los trabajadores que enfermaron de leucemia en las plantas de semiconductores de Samsung pelearon más de diez años hasta que la empresa pidió disculpas en 2018. En 2016, en la estación Guui de Seúl, un joven que reparaba solo una puerta de andén murió arrollado por un tren. Lo que tenían en común esos casos era la subcontratación.
El golpe definitivo llegó en diciembre de 2018 en la central térmica de Taean. Un trabajador subcontratado de 24 años murió mientras revisaba solo una cinta transportadora de noche. El sistema de pasar el trabajo peligroso hacia abajo mientras nadie arriba asume la culpa, lo que en Corea llaman 'tercerizar el riesgo', desató indignación nacional. Se reformó a fondo la ley de seguridad laboral y después llegó la Ley de Castigo de Accidentes Graves, que puede llevar a los directivos a juicio penal.
Aun así, los accidentes siguen. En 2022, un trabajador murió atrapado en una máquina en una panificadora de Pyeongtaek, y el caso terminó en boicot de consumidores. También murieron estudiantes de bachillerato técnico en prácticas y un trabajador de estacionamiento en plena ola de calor. Muchos culpan además al ppali-ppali, la cultura del apuro, por saltarse pasos de seguridad. Y la cara del accidente laboral se amplía: repartidores en moto, pequeñas fábricas llenas de trabajadores migrantes, caídas en astilleros y personas mayores que siguen trabajando después de jubilarse. Tras cada gran accidente, sindicatos y familias presentan peticiones para cambiar la ley, y Corea vuelve a preguntarse qué cambió de verdad después de la tragedia.