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El MeToo se expande

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El MeToo coreano arrancó en enero de 2018 con la denuncia de una fiscal en funciones y se extendió al teatro, la literatura, el cine, las universidades y las escuelas. Fue la primera vez que hablar del abuso sexual dentro de las jerarquías de poder, con nombre y cara, se volvió una ola.

La chispa llegó el 29 de enero de 2018. La fiscal Seo Ji-hyun publicó en la red interna de la fiscalía que en 2010, en un velorio, un alto funcionario del Ministerio de Justicia la manoseó, y que después su carrera salió perjudicada. Luego fue al noticiero Newsroom de JTBC y lo contó ella misma frente a la cámara. Si una fiscal, alguien que trabaja con la ley, había tenido que callar, ¿qué quedaba para los demás? La indignación explotó y la Comisión Nacional de Derechos Humanos abrió una investigación de oficio sobre la violencia sexual dentro de la fiscalía. Antes, la poeta Choi Young-mi ya había señalado el acoso en el mundo literario en su poema "Monstruo", pero casi nadie reaccionó. Lo que cambió todo fue ver la cara de una fiscal en el noticiero.

El terreno ya estaba caliente. Después del crimen de la estación Gangnam en 2016, la seguridad de las mujeres había pasado de los foros a las calles. Apenas salió la entrevista, los testimonios saltaron primero al teatro. Se acumularon denuncias contra un director de una compañía de Daehangno que había abusado repetidamente de actores, y una petición para investigarlo juntó decenas de miles de firmas en pocos días. De ahí pasó a la literatura, al cine de Chungmuro, a los laboratorios universitarios, a la política y hasta a una comunidad de cosplay, y estudiantes lanzaron un School MeToo contra sus propios profesores.

Las historias compartían un patrón. Superiores y maestros que controlaban castings, carreras y cartas de recomendación, dentro de un orden de hermanos mayores donde decir que no parece imposible, con el gapjil (abuso de poder) encima. Los hoesik y las fiestas de después aparecían una y otra vez como escenario, y toda la cultura de sentarse junto al jefe y servirle el trago terminó bajo la lupa. Varias figuras conocidas dejaron de trabajar y algunos casos llegaron a juicio. Hubo condenas, hubo absoluciones, y al menos un actor fue señalado por error antes de que se aclarara todo.

El símbolo de apoyo fue una rosa blanca. La campaña With You, para acompañar a las sobrevivientes, se extendió por gobiernos locales y la Asamblea Nacional, donde legisladores llegaron a las sesiones con rosas blancas. Se presentaron proyectos de ley, entre ellos una ley marco para prevenir la violencia contra las mujeres y otra para ampliar el plazo para demandar por violencia sexual, y las universidades reforzaron a toda prisa la capacitación antes de la orientación de nuevos alumnos.

Al principio las encuestas eran contundentes. Varios sondeos de la primavera de 2018 daban un apoyo de entre 70 y 80 y tantos por ciento, y más del 80% dijo que ahora la gente cuidaba más los chistes sexuales y el contacto físico. Al mismo tiempo, más de la mitad sentía que los ambientes de trabajo se habían vuelto tensos, y el país se dividió casi a la mitad sobre la llamada regla Pence de evitar directamente a las compañeras. En una encuesta de 2021, el apoyo entre hombres de veintitantos era del 29% frente al 74% de las mujeres de la misma edad. Esa brecha se convirtió en una de las grietas del conflicto de género en Corea.

También hubo sombras. A las denunciantes les buscaban datos personales o les decían "¿por qué recién ahora?", lo que en Corea se llama victimización secundaria, y una ley que permite demandar por difamación incluso por decir algo cierto fue criticada hasta por la ONU. De los 18 profesores señalados en una auditoría del School MeToo, 15 habían vuelto a las aulas en 2020 tras ser sancionados. Quedaron abiertas otras preguntas: si resolver las cosas fuera de los tribunales con pedidos de expulsión es justicia por mano propia, y cuánto confiar en la prensa que difundía las denuncias.

La puerta que abrió el MeToo no se volvió a cerrar. Desembocó en el caso del chat grupal que sacudió al espectáculo un año después, en la pelea contra los delitos sexuales digitales y en una conversación más amplia sobre discriminación laboral y la brecha salarial.