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work-life balance (워라밸)

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Es la abreviatura coreana de 'work-life balance': toman la primera sílaba de cada palabra y sale worabael. Hoy en Corea es una condición que la gente pesa tanto como el sueldo, a veces más.

La idea no es nueva. Nació a finales de los setenta en el Reino Unido, cuando trabajadoras exigían licencia de maternidad y horarios flexibles para poder con la oficina y la casa. La versión coreana de tres sílabas explotó hacia 2017, empujada por un libro de tendencias que llamó 'generación worabael' a los oficinistas nacidos entre 1988 y 1994.

Para entender por qué pegó tan fuerte hay que mirar atrás. En la época del Milagro del río Han, Corea creció trabajando de noche y los fines de semana, y ese ritmo, junto con el hábito del ppalli-ppalli, se quedó en las oficinas. Cuando en 2018 empezó a aplicarse por etapas la semana de 52 horas, 'una vida con tardes libres' se volvió eslogan del gobierno. En 2019 una encuesta mostró por primera vez más gente priorizando el equilibrio que el trabajo.

Pero la realidad se resiste. Los trucos clásicos: marcar la salida y seguir trabajando, cenas de empresa (hoesik) casi obligatorias, vacaciones que nadie se atreve a pedir y jefes que mandan tareas por KakaoTalk fuera de horario. En el otro extremo, algunas grandes empresas apagan las computadoras solas a las 5:30 p. m., y lo que necesita permiso del jefe es hacer horas extra, no irse a casa. Hasta los funcionarios públicos, el ejemplo típico de trabajo tranquilo, cargan con historias de fines de semana en la oficina cuando suben de rango.

En 2023 un coreano trabajaba 1.872 horas al año, todavía entre los primeros de la OCDE pero muy por debajo de 2008. Preguntar por el worabael en la entrevista ya es típico de la generación MZ. Los que viven quemados bromean con tener 'work-work balance', y los estudiantes inventaron el 'study-life balance'. Las noches largas y la oficina de miradas tensas que retrata el drama Misaeng son justo lo que esta palabra intenta dejar atrás.