La segunda ola arrasa en Asia
La etapa en que el boom de los K-dramas salió de Japón y se regó por China, Taiwán y el Sudeste Asiático. Un romance escolar de niños ricos y una historia de amor con un alien se vendían en varios países al mismo tiempo.
La primera ola fue, en esencia, una historia japonesa. La fiebre por Winter Sonata conquistó a mujeres japonesas de mediana edad, y a Jang Dong-gun lo metieron junto a Bae Yong-joon, Lee Byung-hun y Won Bin en los 'Cuatro Reyes Celestiales' del hallyu. Won Bin fue tendencia en los portales japoneses tras Friends, una coproducción Corea-Japón de 2002, y My Sassy Girl, con Cha Tae-hyun, llegó tan lejos que la rehicieron en otros países. Una joya en el palacio se vendió a casi 90 países y tuvo fans hasta en Zimbabue. Aun así, el hallyu de entonces era un puñado de estrellas y unos cuantos megaéxitos.
El reinicio llegó en 2009 con Boys Over Flowers. Venía de un manga japonés y Taiwán y Japón ya tenían sus versiones, pero la coreana fue la que más explotó en toda Asia. Lee Min-ho, que llevaba cinco años siendo un desconocido, se volvió famoso de la noche a la mañana con los rizos apretados de Gu Jun-pyo, y cada programa de variedades coreano tenía a alguien imitando ese peinado. Hasta en Japón decían que era el más parecido al Domyoji del manga entre los tres países. Llegó a 35% de rating y dejó fijada la fórmula 'heredero millonario conoce a chica común' como plantilla lista para exportar.
El público también se volvió más joven. La primera ola la sostenían amas de casa japonesas; la segunda, adolescentes y veinteañeros de China, Taiwán y el Sudeste Asiático. En Japón, TVXQ arrancó un boom de idols que bajó el fandom una generación entera. Esos chicos que conocieron los K-dramas antes de que se les fijaran los gustos serían luego la base del público de la era Netflix.
La fama empezó a pagarse de otra forma. Si un protagonista pegaba, grababa comerciales por separado para China, Taiwán, Tailandia y Singapur. Lee Joon-gi, que despegó con El rey y el payaso, salió junto a otras estrellas asiáticas en una campaña panasiática de Pepsi. Park Shin-hye, querida por You're Beautiful en 2009 y luego por The Heirs, se llevó un premio a la artista extranjera más popular en una gala china de dramas. Veteranos como Jo In-sung mantuvieron vivos sus clubes de fans japoneses con fan meetings frecuentes en Tokio. En la industria se volvió norma la preventa: si eliges a alguien que vende afuera, puedes vender los derechos antes de rodar y cubrir buena parte del presupuesto. La popularidad internacional se volvió, sin decirlo, el criterio de casting.
En 2012, The Moon Embracing the Sun pasó el 40% de rating y convirtió a Kim Soo-hyun en protagonista de un jalón. Un año después, The Heirs hizo de Lee Min-ho la mayor estrella del hallyu en China, y en enero de 2014 fue el primer coreano en la gala del Festival de Primavera de CCTV, un escenario casi vetado para extranjeros. Se calcula que unos 700 millones de personas vieron ese momento.
La cima fue My Love from the Star, emitida entre finales de 2013 y principios de 2014. Un profesor alienígena que cayó a la Tierra hace 400 años se enamora de una actriz top, y las plataformas chinas rompían récords de vistas día tras día. Una frase de la protagonista, interpretada por Jun Ji-hyun frente a Kim Soo-hyun, desató en toda China la moda del chimaek, y los objetos y la ropa de la serie se agotaban uno tras otro, un fenómeno de consumo en toda regla. En marzo de 2014, Wang Qishan, entonces sexto en la jerarquía del poder chino, confesó que también la veía, y en torno a la Asamblea Popular Nacional hubo quien se preguntó por qué China no hacía algo así. Un examen escolar chino llegó a preguntar qué harías si fueras Do Min-joon.
El dinero vino detrás. El capital chino entró a los estudios coreanos, y en 2016 Descendants of the Sun volvió a desatar la locura en toda Asia. Pero ese mismo año, tras la decisión de desplegar el THAAD, llegó el veto no oficial y la puerta china se cerró de golpe. Una industria que dependía de un solo mercado tuvo que girar: empezó a vender formatos de programas en vez de programas terminados y guiones a cadenas estadounidenses. Esos desvíos llevan directo al hallyu global de hoy.